4 dic 2010

DIA MUNDIAL DE LA LUCHA CONTRA EL VIH/SIDA 2010

DIA MUNDIAL DE LA LUCHA CONTRA EL VIH/SIDA 2010
Poza Rica, Ver.

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Las Jornadas informativas realizadas del 29 de nov. al 06 de dic, fueron realizadas por las siguientes instituciones:
Ayuda, Amor y Esperanza A.C., Universidad Veracruzana,y el Armario Abierto, en el marco
del Día Internacional de la lucha contra el VIH/SIDA 2010, realizadas en Poza Rica y con la participación de varias instituciones donde jóvenes estudiantes
tuvieron la oportunidad, de aprender, informarse e intercambiar preguntas y respuestas con los organizadores, profesionales en
trabajo de sida en la región, y a nivel nacional, contando con la participación de la T.S. Nelly Márquez Hdez., Dra.. Ross Acuña destacada sexóloga y el Mtro., Remigio del Ángel promotor cultural, educativo y gran entusiasta en la cultura de la prevención y la salud pública. en estas jornadas se presentaron los siguientes videos; "Actualizaciones sobre el SIDA, los hechos comprobados y El sida a los 21, además los derechos de los seropositivos y la diversidad sexual, así como el taller de uso correcto del condón masculino y femenino", además participaron, la Mtra.. Adoración Barrales por parte de la U:V. y la facultad de Pedagogía, así como a Toño y Caro asistentes y instructores del taller "el uso correcto del condón".
El Miércoles 01 de dic. se realizo la 8° marcha nocturna silenciosa llevada a cabo de la Plaza Cívica "18 de marzo" a la USBI de la U.V. todo un éxito con la participación de los COBAEV de Coatzintla y Mecatepec, además el Colegio Salvador Díaz Mirón, la Escuela Secundaria Técnica Industrial N° 117 y las facultades de Pedagogía, Trabajo Social y Arquitectura, además activistas, maestros y sociedad civil que esta comprometida por una cultura de la salud pública, todos los participantes llevaron velas con las cuales se realizo una instalación artística dibujando con una luz de esperanza el "LAZO ROJO", campaña mundial que permite concientizar sobre la lucha del sida.
en esta versión se realizo el concurso de periódicos murales titulado "DETENGAMOS EL SIDA SIN DISCRIMINACION", donde docentes y alumnos realizaron verdaderas expresiones artísticas, mediante el desarrollo de habilidades y destrezas creativas y lúdicas que permitieron expresar sus intereses, preocupaciones y plasmar la discriminación y el sida en obras informativas, reflexivas y de gran calidad. gracia a todos los participantes. además por primera ocasión desde la Cd. de México participo directamente el ARMARIO ABIERTO, condoneria y librería que mostro una gama de productos,, condones, libros, juguetes y todo lo relacionado con el sexo y la sexualidad, felicidades por mostrar tanta cálida y profesionalismo.
nos veremos el próximo año.

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23 nov 2010

JUEGO DE OJOS

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Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

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Conspiración en el paraíso verde

Un felino enorme y metiche. Un sujeto duro y descorazonado que hace pareja con otro blandengue y pocoseso. Un diminuto can y una sabihonda y parlanchina adolescente: tales son los integrantes de la improbable pandilla que viaja por un lejano país en busca de un palacio verde que regentea un misterioso personaje quien según la leyenda tiene el poder para cumplir los más oscuros deseos y los medios para satisfacer los caprichos más desorbitados. En su aventura, la banda no duda en valerse del engaño, la traición y la hechicería para lograr su meta. Dos mujeres son asesinadas, numerosos seres exterminados y varios pueblos sometidos a los apetitos de la quinteta en el transcurso de la historia que culmina con el exilio del regente del palacio verde y la usurpación de su trono.

¿La síntesis de la próxima telenovela del Ajusco? ¿Resumen del guión para una nueva película de Schwarzenegger ahora que la hacienda californiana ya no le pagará un salario? ¿Encriptación del plan para invadir Irak y capturar a Hussein? ¿Presentación de un nuevo reality show en el canal de las estrellas?

Nada de eso. Es la síntesis de una obra perfectamente apta para toda la familia, un icono de la literatura infantil. Los menores de 40 años quizá no le encuentren un timbre conocido, pero los de mi generación ya habrán identificado la trama de El mago de Oz, la obra de Lyman Frank Baum que por estas fechas cumple la respetable edad de 110 años –uno menos para ser todo un hobbit de la literatura. 

Confieso que siendo devoto de la literatura juvenil y fanático de la fantástica y de la ciencia ficción, el tal Mago de Oz y sus personajes nunca me han simpatizado. Tampoco me gustó la famosa película -salvo el tema musical del arcoíris. La historia no me parece lo suficientemente mágica. Ingeniosa, tal vez, pero sin encanto. Es un libro, ¿cómo decirlo?, sin sorpresas... predecible.

Creo que Baum intentó parafrasear Alicia en el país de las maravillas que se había publicado 35 años antes, en 1865, con la intención de servir una obra más popular o menos elaborada. Pero las diferencias entre Baum y Lewis Carroll (Charles Lutwidge Dodgson) los colocan en categorías muy separadas. Además de escritor, Carroll era un matemático que enseñaba en Oxford y había publicado textos eruditos (Euclides y sus rivales), mientras que Baum careció de una educación formal y a lo largo de su vida fue un multiusos soñador, romántico y nada práctico.

No se requiere un estudio comparativo para encontrar el paralelismo. Baum imagina que un huracán levanta una casa y la deposita en un lejano país fantástico en donde una niña, Dorotea, vivirá una serie de aventuras. Carroll, por su parte, hace que otra niña, Alicia, caiga en un pozo que la llevará a una tierra fantástica en donde vivirá una serie de aventuras. Las semejanzas aquí se agotan. Alguien me podría increpar la injusticia de juzgar con criterios del 2010 un libro publicado hace 110 años y en principio tendría razón, pero sólo en principio. La citada Alicia... y El viento entre los sauces, dos libros que recuerdo en este momento de la literatura infantil sajona, han resistido admirablemente el paso del tiempo y se dejan leer con magia y encanto, cosa que no encuentro en el de Baum.

Hace tiempo que esto me inquieta. Es un problema mío, desde luego, porque en Estados Unidos el libro es objeto de veneración –aunque pienso que no necesariamente de lectura- y sus personajes, frases y situaciones son parte del idioma y la cultura urbana. Goodbye Yellow Brick Road de Elton John, o el apodo de la pequeña hija de Harrison Ford en Vuelo presidencial, “Munchkin”, son dos ejemplos entre cientos que podrían citar. Y que la obra de Baum goza de admiración extendida entre los primos del norte se confirma en la edición conmemorativa del centenario del libro, publicada en el 2000 y prologada ni más ni menos que por John Updike, Daniel P. Mannix, Ray Bradbury, Gore Vidal y Nicholas von Hoffman.

Desde el primer capítulo le encuentro peros (no sólo yo: la obra ha sido criticada y en algún momento los libros de Baum fueron vetados en las bibliotecas escolares de los pecosos del norte):

En una árida planicie de Kansas vive la huérfana Dorotea con sus tíos y un perro en una casa de madera que un tornado eleva por los aires con la niña y el can en su interior. Eventualmente caen a tierra y aplastan a una poderosa bruja que tiene esclavizada a la comarca desde dios sabe cuándo. Es de suponer (porque Baum no lo dice), que en ese instante la hechicera se agachó a ajustarse un zapato y se descuidó. Dorotea se calza las sandalias de plata que toma del cadáver de la que sabemos era la Malvada Bruja del Este... y ahí comienzan sus aventuras.

Pues no me cuadra. Aplastar con tal facilidad a una hechicera tan poderosa como se nos hace creer, es como si Supermán se bebiera inadvertidamente un licuado de kriptonita, o que Puk y Suk atraparan y guisaran en cañabar a Tsekub Baloyán, o que Regino Burrón se sacara la lotería, o que Avelino Pilongano trabajara medio día. ¡Y la trama! Sólo las que semanalmente asesta en la pantalla una rechoncha, anodina y predecible presentadora de televisión xalapeña pueden ser más aburridas que la de ese libro

Los personajes también me causan problema. El León, el Espantapájaros y el Hombre de Hojalata con el perro, Dorotea y el propio mago de Oz, abusan del hilo narrativo –sí, también el can. Una miríada de caracteres que chocan entre sí, desde monos alados hasta diminutos seres de porcelana, con un tutti fruti de horrendos monstruos que son puntualmente liquidados como si película de James Bond se tratara, entorpece la historia. Cuando quiero saber más de Dorotea o de las cavilaciones del leñador de hojalata que antes fue hombre, puede aparecer un payaso de porcelana cuyo placer es romperse una y otra vez, o saltar a escena algún engendro con los ojos en la panza.

En el libro sin duda se encuentran todos los elementos para una narración fantástica en el más amplio sentido de la palabra. ¿Por qué pues -por lo menos desde mi óptica- se diluyen? Mi única explicación es que es un libro sin sorpresas, producto de la pluma de un escritor muy menor... y que me perdonen Hollywood y el Home Security Department.

¿Y qué decir de la película? Francis Gumm –mejor conocida como Judy Garland- recibió un Oscar especial por su papel de Dorotea e inició una exitosa carrera cinematográfica que de alguna manera se ve continuada en su hija, la talentosa Liza Minelli. Todos los especialistas dicen que El mago de Oz es uno de los iconos del cine sonoro y la literatura especializada la coloca al lado de clásicos como King Kong, Drácula, El doctor Frankenstein y La momia. Pero... bueno, mejor réntela en su videocentro favorito y luego platicamos.

Lyman Frank Baum nació el 15 de mayo de 1856 en Chittenago, Nueva York, hijo de un pequeño empresario y de una severa episcopaliana que controlaba con puño de acero a su familia. Fue un niño enfermizo y débil, el séptimo de nueve hermanos, que no pudo asistir a la escuela y debió recibir clases particulares en casa. Como ha sido el caso de muchos otros escritores, muy pequeño aprendió a leer y pasaba días enteros en la biblioteca paterna, en donde sufrió ataques de pánico al encontrarse con las brujas y monstruos de los cuentos infantiles, lo cual, dicen sus biógrafos, le hizo jurar que de grande escribiría historias que no asustaran a los niños.

Como regalo de catorce años recibió una pequeña prensa con la que él y su hermano iniciaron la publicación de un periódico que distribuían entre los vecinos del barrio. A los 17 fundó The Empire y una revista especializada en filatelia. A partir de entonces desempeñó una larga serie de oficios: vendedor, reportero, impresor, director de una cadena de teatros y actor, entre otros. En 1882 se casó con Maud Gage, hija de una prominente feminista. Siguieron años de problemas económicos y de salud. En 1891 se establecieron en Chicago en donde por las tardes leía los cuentos de Mamá Ganso a los niños que se reunían en la sala de su casa. Y como los pequeños no atinaban a comprender por qué un ratón trepaba a un reloj o cómo una vaca podía saltar sobre la luna, Lyman comenzó a inventar sus propias historias y a escribirlas a insistencia de Maud. Así nació la serie de catorce libros sobre Oz que después de su muerte continuaron varios escritores, produciendo veintenas de volúmenes.

Pero fue uno sólo, El mago de Oz, el que le consagró e inmortalizó su nombre, y que dio pie a la película musical (1939) convertida en un clásico, aunque ya antes, en 1901, el propio Baum había adaptado un espectáculo musical que fue muy popular y durante nueve años estuvo de gira por diversos estados. Baum intentó lo mismo con otras obras de la serie Oz, sin éxito.

Lyman Frank Baum murió de un infarto el 6 de mayo de 1919, unos días antes de su cumpleaños 63, debilitado por los problemas cardiacos que desde niño padecía. En su última época apenas tenía fuerzas para escribir un poco todos los días. Mandó guardar en una caja de seguridad dos manuscritos para ser publicados cuando la enfermedad lo postrase. Así, ese hombre melancólico y generoso, investido a su muerte con el título de “Real historiador de Oz”, se puso para siempre a salvo de los espantos de los cuentos infantiles.

              Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias Sociales de la UPAEP Puebla

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18 nov 2010

JUEGO DE OJOS

Miguel Ángel Sánchez de Armas

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John Reed en el México insurgente

Para los hijos de un mundo en donde a los héroes se les mira con dejo burlón y los diferentes son más reprimidos que imitados, la biografía de John Silas Reed puede resultar tan abrumadora como un largometraje pasado a alta velocidad en donde las imágenes se persiguen unas a otras hasta marear al espectador.

Jack, como le llamaban sus amigos de la bohemia, murió 72 horas antes de cumplir 33 años, al otro lado del mundo, honrado por las banderas de una nación que no era la suya. Fue testigo de dos de las primeras revoluciones del siglo y su obra explicó a la humanidad los significados más profundos de esos eventos.

A una edad en la que la mayoría de los hombres apenas comienza a pulsar el posible rumbo de su vida, John ya era una leyenda. Y cuando su agitada existencia expiró en un hospital moscovita y la noticia recorrió el mundo, en su patria hubo tantas muestras de alivio como de dolor.

No sabemos en qué clase de hombre se hubiera convertido de haber vivido otros veinte o treinta años. Tal vez Jack, aclamado como el mejor periodista de su tiempo a los 26 años, y un consumado escritor y activista político a los 32 –se dice que al altanero y racista de Rudyard Kipling los artículos de Reed le permitieron “ver” a México- también consumó la hazaña de morirse a tiempo.

La tarde del sábado 23 de octubre de 1920 en Moscú fue de un otoño frío, lluvioso y dorado. Una neblina aperlada se levantaba del río Moskva para acariciar los muros del Kremlin. En la gran Plaza Roja las banderas ondeaban en la bruma cuando la enorme procesión hizo su arribo procedente del Templo del Trabajo a los acordes de una marcha fúnebre; el retumbar de las botas sobre el piso áspero dio un toque de rudeza a la ceremonia. Testigos mudos eran la muralla, las 19 torres y las catedrales de la Asunción, del Arcángel y de la Anunciación.

John Reed había muerto de tifoidea unos días antes, y la procesión llevaba sus restos al corazón de los pueblos soviéticos, con honores propios de un héroe del proletariado.

Cuando el féretro fue colocado en los muros del Kremlin bajo una manta roja en la que grandes caracteres dorados proclamaban: “Los dirigentes mueren, pero las causas permanecen”, las banderas fueron colocadas a media asta y el aire retumbó con descargas de fusil que se diluyeron en un apesadumbrado silencio.

Junto al féretro, Louise Briant, la pareja de amores tormentosos y atormentados del escritor, observó los momentos finales de la ceremonia con una intensa luz en sus ojos gris verdes. Había llegado a Moscú apenas a tiempo para que John muriera en sus brazos y estuvo cerca del sarcófago cada minuto de todos los días de ceremonias en honor de su compañero.

¿Qué pensamientos habrán pasado por la mente de Louise Briant esa tarde fría y lluviosa? Quizá momentos de las noches en una cabaña de Croton. Tal vez imágenes de aquel hombrón torpe, rebosante de energía e ingenio, mientras arengaba a una multitud de trabajadores, el puño derecho en alto, el dorso izquierdo apartando del rostro el pelo rebelde. O enfrascado en interminables discusiones alcohólicas en un figón del Greenwich Village.

Louise Briant pudo haber sentido que aquel enfant terrible, poeta, periodista, escritor y activista social, a fin de cuentas encontró la victoria. “Los verdaderos revolucionarios”, había escrito Jack, “son aquellos que llegan al límite”.

Reed nació el 22 de octubre de 1887 en el seno de una familia acomodada y conservadora de Portland, Oregón, y fue bautizado en la iglesia Episcopal. Vivió la vida protegida de un niño enfermizo en la casa de los abuelos maternos, “una mansión señorial con un enorme parque en donde había una terraza rodeada en tres lados por higueras con luces de gas ocultas entre la corteza. En el verano se colocaba un toldo y la gente bailaba a la luz que parecía salir de entre los árboles”, recordaba Reed en su ensayo autobiográfico Casi treinta años.

En 1887 Portland era una bulliciosa comunidad puritana en donde se exaltaba el trabajo, la religión, la decencia y la moderación. Un cronista de la época definió a los padres de la ciudad como “prudentes y valiosos, con una moralidad, convicción religiosa y fortaleza de carácter no igualados por ninguna otra clase social en América”.

Aunque la madre de Reed se veía a sí misma como una “rebelde” y fue de las primeras mujeres que fumaron en público, despreciaba a las clases trabajadoras, a los extranjeros y a los radicales. Años después, siendo una viuda pobre, llegó al extremo de rechazar dinero de Jack porque no quería ser mantenida por un hijo pro soviético.

La atmósfera de corrección, prudencia y calma que reinaba en el hogar de los Reed era alterada sólo por la visita ocasional de un hermano de la madre de Jack, el tío Horacio, quien –para horror de ese hogar cristiano- adornaba sus aventuras por el mundo con relatos fantásticos en donde se colocaba como figura principal de revoluciones, golpes de Estado y hazañas alucinantes. Puede uno imaginar el impacto que esas historias tuvieron en el joven John. El tío no sólo aseguraba haber encabezado una revuelta popular en Guatemala, sino que además juró haber sido coronado rey de una isla de los mares del sur.

Jack era un niño soñador muy dado a fantasear. Años después recordaba haber sido “diferente a los demás”. Pero con todo ello parecía destinado a la vida de un tranquilo caballero occidental y cristiano, pilar de la comunidad y de la iglesia Episcopal.

Su padre, Charles Jerome Reed -mejor conocido como C.J.- decidió enviar a su hijo a la mejor universidad, en donde pudiera adquirir las herramientas profesionales necesarias para alcanzar un nivel apropiado de vida y el aura de prestigio necesaria para su futuro ambiente social. La elección obvia fue Harvard.

Pero durante sus años de estudiante Jack comprendió que no estaba destinado a regresar a Portland y que el éxito económico no le atraía. Era de una naturaleza distinta y no seguiría los pasos de su padre, aunque ello le hiciera sentir culpable. Concluidos sus estudios viajo a Europa y de regreso, a los 23 años, encontró trabajo en la revista neoyorquina America y en otras publicaciones. John Reed, periodista y escritor, estaba a punto de dejar su huella en la gran urbe de hierro… comenzaba la gran aventura que lo llevaría primero México y después a la naciente Unión Soviética.

Cuando Jack llegó a la frontera de Texas con Chihuahua una tarde a finales de 1913 y trepó al tejado de la oficina de correos de Presidio para dar su primer vistazo a México, ya llevaba la doble fama de periodista y luchador social.

Su trabajo en la revista radical The Masses, sus actividades en los círculos socialistas y bohemios, su personalidad explosiva e impredecible y sus reportajes sobre la gran huelga de Patterson, Nueva Jersey –donde pudo disfrutar de la hospitalidad de la prisión local- le habían dado una fuerte reputación a los 26 años.

Reed no llegó a México por cuenta propia. Fue comisionado por la revista Metropolitan y el diario World para cubrir la revolución mexicana, en particular las andanzas del caudillo rebelde Francisco Villa, cuyas operaciones en las cercanías de la frontera estadounidense lo habían convertido en noticia de primera plana.

Años después Reed diría que México fue el lugar en donde se encontró a sí mismo. Este gringo torpe, explosivo, lúcido, valeroso y cálido, escribió artículos sobre México que dieron a los lectores norteamericanos y a la clase política del país vecino puntos de vista que sin duda influyeron su percepción del conflicto en México. Sus relatos sobre Francisco Villa, a quien conoció y admiró profundamente, elevaron a éste de bandido a héroe ante la opinión pública norteamericana. Reed logró transmitir al mundo los más profundos sentimientos de un pueblo en armas.

John se insertó en las vidas de los hombres y mujeres revolucionarios para ver el conflicto desde su punto de vista. Tomó partido por “los hombres” para poder experimentar por sí mismo la promesa del nuevo amanecer que la sangrienta guerra traería a México: una nación libre en donde no habría clases marginadas, ejército opresor, dictadores o iglesia al servicio de los poderosos.

En su ensayo El legendario John Reed, Walter Lippmann escribió: “El público se percató de que podía vivir lo que John Reed vio, tocó y sintió. La variedad de sus impresiones y el color y fuentes de sus escritos parecían interminables. Los artículos que mandó de la frontera mexicana eran tan apasionados como el desierto mexicano y la revolución villista... Comenzó a atrapar a sus lectores, sumergiéndolos en oleadas de un panorama maravilloso de tierra y cielo.

“Reed quería a los mexicanos que conoció tal como ellos eran. Bebía con ellos, marchaba y arriesgaba la vida a su lado... No era demasiado presumido, o demasiado cauto o demasiado perezoso. Los mexicanos eran para él seres de carne y hueso... No los juzgaba. Se identificó con la lucha y lo que vio fue gradualmente mezclándose con sus esperanzas. Y siempre que sus simpatías coincidían con los hechos, Reed era estupendo.”

Mi generación es nieta de hombres con quienes Jack compartió frijol, tortillas, chile y alcohol. Muchos de nosotros supimos de las batallas de la División del Norte por esos fantasmas del pasado que guardaban uniformes, sombreros, cananas y carabinas 30/30 en roperos adornados con espejos y nos dejaban tocar, con expresión de sonriente melancolía, las cicatrices de sus heridas de bala. La mirada de estos abuelos nuestros se iluminaba al recordar a su general Villa, la personificación de un México mejor que esperaban un día llamar el suyo. Los nietos de esos hombres, que leímos México Insurgente en la adolescencia, nos sumergimos en aquel mundo gracias a la pluma de Reed.

En las páginas de México Insurgente el periodismo y la literatura se disputan el espacio, cada uno dando al otro un escenario propio. Esta pugna amistosa se complementa con el mensaje de Reed, en ocasiones directo y en otras entre líneas. He aquí a un hombre que llegó a los desiertos luminosos de un país llamado México para reafirmar sus propias convicciones revolucionarias entre hombres andrajosos, iletrados, pobremente armados, indisciplinados y libres, cuyo instinto más que una ideología les decía que la guerra era el único medio posible, en ese momento, de cambiar su vida, de terminar con la explotación de los muchos por los menos.

No es una exageración decir que el John Reed que regresó a los Estados Unidos en abril de 1914 no era el mismo que vio por primera vez a México desde el tejado de la oficina de correos de Presidio. En México Reed perfeccionó las herramientas para su otra gran obra, Los diez días que conmovieron al mundo, relato que el propio Vladimir Ilych Ulyanov, Lenin, decidió prologar. El dirigente lo consideró una de las mejores narrativas sobre la Revolución de Octubre y tuvo la esperanza de que fuera leída por los trabajadores del mundo.

Proponer que John Silas Reed murió muy joven es un lugar común. En efecto desapareció a temprana edad, pero con una obra completa. Quizá sea más correcto aceptar que sus voces interiores se apagaron para que pudiese morir a tiempo.

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11 nov 2010

JUEGO DE OJOS


Miguel Ángel Sánchez de Armas



Adiós a Camelot, welcome WMD

Hoy seré políticamente incorrecto. Quienes sientan aversión por lo políticamente incorrecto deben dejar de leer en este punto y en este momento.

En agosto del año pasado el último del clan Kennedy, Edward, bajó a su postrer morada entre lágrimas de multitudes, endechas de Plácido Domingo y los lánguidos acordes que sólo Yo-Yo Ma es capaz de arrancar al violonchelo, instrumento no por nada emparentado con la viola d’amore. Dicen que su muerte puso fin a una época. Según sus panegiristas, Edward encarnaba las más puras virtudes republicanas. Estadista, forjador de la nación, icono de la izquierda (¡gulp!), y el más grande legislador de nuestro tiempo (Obama dixit), son algunas de las loas que prensa, radio y televisión multiplicaron a lo largo y ancho del país vecino por el más joven del famoso clan político irlandés cuyo capo, don Joseph P., parece hoy reencarnado en vida y figura en Enoch “Nucky” Thompson, el personaje principal de la serie Broadwalk Empire magistralmente interpretado por Steve Buscemi, el de los dientes chuecos.

¿Entre los plañidos y lamentos, el rechinar de dientes y el rasgar de túnicas, alguien habrá recordado a Mary Jo Kopechne? Esa joven secretaria murió ahogada el 18 de julio de 1969 en la Isla Chappaquiddick cuando el auto en que era pasajera y que conducía el joven Edward Kennedy se precipitó a las aguas. Ambos habían estado en una fiesta. El futuro “León del Senado” pudo salir del vehículo y abandonó el lugar. Reportó el hecho sólo cuando al día siguiente fue descubierto el cuerpo de la infortunada chica en el interior del coche. Después, of course, Edward juró en televisión nacional que iba sobrio y que no había mantenido ninguna “relación inmoral” con Mary Jo.

(En México también hubo congoja y luto por la “pérdida” del anciano senador, si bien el hombre de la calle, e incluso los muy avezados, tendrían dificultades para discernir exactamente cuál fue la merma de nuestro país al término de los casi cincuenta años de labor legislativa del llamado “León del Senado”. Creo que tal “León del Senado”, fiero defensor de los desposeídos, debe sentirse muy a gusto en el Cementerio Nacional de Arlington, ya que su hermano mayor, John F. contribuyó con una buena porción de los cientos de miles de soldados caídos en batalla que ahí reposan.)

Viene a cuento el anterior recuerdo de la inmoral conducta de un renombrado político, por la sensacional noticia de que el expresidente Bush, en un libro de memorias que recién presentó, jura que sintió “náuseas” cuando se dio cuenta de que en Irak no había armas de destrucción masiva (ADM), tal como durante su presidencia aseveró una y otra vez para justificar la invasión y el derrocamiento y posterior ejecución del dictador Saddam Hussein. Y además nos dice que fue una suerte de opositor pasivo a la invasión, que fue engañado en temas clave de las consecuencias de la acción militar y que autorizó las torturas a prisioneros para evitar mayores riesgos a la seguridad nacional de los Estados Unidos.

No he leído el libro, pero estoy seguro de que en ninguna página el autoconfesado exalcohólico hijo del primer Bush acepta que bajar el costo del barril de petróleo en medio dólar fue razón suficiente para sacrificar miles de vidas tanto de jóvenes estadounidenses y de naciones aliadas como de jóvenes iraquíes. En esto de la defensa del American Way of Life nuestros vecinos son implacables. Hace algunos años, cuando una de las crisis de gasolina amenazaba a la industria aeronáutica, lograron ahorrar cientos de miles de dólares quitando las aceitunas de las ensaladas que se sirven a bordo.

En el primer capítulo de Broadwalk Empire, por cierto dirigido por Scorsese, “Nucky” Thompson habla ante un grupo de mujeres de la liga de la templanza y les dice que casi niño tuvo que matar ratas en invierno para que su familia comiera, pues el padre había caído en el infierno del alcoholismo. Al salir del evento un cofrade le pregunta asombrado sobre aquel episodio, a lo que Thompson responde con cinismo cordial: “Hijo, la primera regla de la política es que la verdad nunca debe interferir con una buena historia”.

Parece que George Walker Bush siguió el consejo. Después de todo, aquí mismo en México escuchamos al señorito Aznar confesar hace tiempo ante un auditorio de jóvenes que había sido “engañado” para mandar tropas españolas a morir al Medio Oriente. O sea, todo es posible, todo se vale, en la república de los políticos amorales, en donde se sobrevive, al igual que en las carpas, gracias a la mala memoria del público.

Permítame el lector compartir el cable que la Prensa Asociada difundió el martes 9 sobre la presentación del libro del compadre de Dick Cheney (ex Vicepresidente de Estados Unidos y expresidente de la compañía Enron, empresa que como todo mundo sabe, en nada se benefició de los contratos para la reconstrucción en Medio Oriente después de la invasión) y su presentación en un conocido programa de televisión:

George W. Bush hizo un recuento de los errores de su presidencia en un programa televisivo después de que diera inicio a gira para promover su libro Decision Points (Puntos de decisión), que salió a la venta el martes.

“El ex presidente dijo en el programa de la presentadora Oprah Winfrey que todavía le provoca ‘náuseas’ que no se hubieran encontrado armas de destrucción masiva en Irak, motivo por el cual ordenó la acción militar contra ese país.

“Bush dijo que debió actuar más rápido ante el huracán Katrina y aterrizar con el avión presidencial Air Force One dos días después del temporal en lugar de sólo ver la devastación desde la ventanilla, agregó. También afirmó que jamás advirtió la llegada de la crisis financiera.

“El ex presidente apareció el martes en un episodio grabado para el programa televisivo de entrevistas ‘The Oprah Winfrey Show’. El presidente describió la redacción de sus memorias como ‘un proceso fácil’ que lo mantuvo ocupado.

“‘Mucha gente no cree que sé leer, mucho menos escribir’, dijo en broma Bush durante el programa.

El mundo está mejor sin Saddam Hussein, dijo Bush, aun cuando la invasión para derrocarlo se basó en información de inteligencia incorrecta sobre la existencia de armas de destrucción masiva.

“’Cuando no encontramos las armas me sentí muy mal, me dieron y continúan dándome náuseas, debido a que la acción para sacar del poder a Saddam Hussein se basó primordialmente en las armas de destrucción masiva’, expresó. Hussein era ‘igualmente peligroso’ incluso sin esas armas, agregó.

“De Katrina, Bush dijo que no aterrizó al avión presidencial para ver de cerca las anegaciones de Nueva Orleáns debido a que le preocupaba quitarle recursos a las operaciones de rescate.

“‘No debí sobrevolar (la zona) para mirar. Cometí un error. Debí aterrizar’, aseguró Bush. ‘No consideré que una imagen mía mirando al exterior (desde el avión) daría la impresión de que me importaba un comino (el desastre)’, apuntó.

“Mientras abundaba sobre Katrina, Bush afirmó que debió enviar pronto soldados federales para que colaboraran con la seguridad en Nueva Orleáns, pero aguardaba la autorización del gobierno del estado de Luisiana.

“Bush volvió a la carga contra sus detractores que le calificaron de racista ante la reacción que tuvo frente a Katrina.

“Winfrey recordó al ex mandatario que el rapero Kanye West afirmó en el 2008 durante un teletón a favor de los damnificados del huracán que ‘George Bush no se preocupa por los negros’.

“‘Eso sí molesta en verdad’, expresó Bush. ‘Se puede discrepar con mis políticas, pero que jamás se me acuse de racista... Puedo entender la percepción de que a Bush no le interesaba, pero me asquea la acusación de racista en mi contra’, agregó.

“Bush dijo que no era el único responsable de que no advirtiera la crisis financiera y defendió la decisión de su gobierno de canalizar a finales del 2008 recursos a los bancos que tenían dificultades con el objetivo de estabilizar al sistema financiero.

“‘Creo que esa medida contribuyó a salvar al país’, afirmó el ex presidente.

“Bush se abstuvo de emitir comentarios negativos sobre su sucesor, el presidente Barack Obama, a quien Winfrey dio su amplio apoyo en el 2008.

“‘Me disgustaban las críticas en mi contra’, dijo Bush. ‘Así que nadie me verá lanzándolas (contra Obama). Deseo que a nuestro presidente le vaya bien. Amo a nuestro país’, agregó.”

Amén.

Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias de la Comunicación de la UPAEP Puebla.

10/11/10

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3 nov 2010

JUEGO DE OJOS

El silencio como género literario

isaac en prisión

“El 15 de mayo de 1939, Isaac Bábel, un escritor cuya celebridad le había ganado el privilegio de una dacha en el campo, fue arrestado en Peredelkino e internado en la prisión moscovita de Lubyanka, sede de la policía secreta. Sus escritos fueron confiscado y destruidos –entre ellos textos a medio terminar, obras de teatro, guiones cinematográficos y traducciones. Seis meses después, al cabo de tres días y noches de inmisericordes interrogatorios, se declaró culpable de un falso cargo de espionaje. Al año siguiente fue sometido a un breve juicio clandestino en las últimas horas del 26 de junio. Bábel se retractó de su confesión inicial y clamó su inocencia y, a las 01:40 de la madrugada siguiente, fue ejecutado sumariamente por un pelotón de fusilamiento. Su última súplica no fue en su beneficio, sino por el poder y la verdad de la literatura: ‘¡Permítaseme terminar mi trabajo!’”

Este es el estremecedor párrafo inicial de la Introducción de Cynthia Ozick a las Obras Completas de Isaac Bábel aparecidas a mediados del 2002 gracias a la amorosa dedicación y energía de Nathalie Bábel, la hija del escritor que muy pequeña fue enviada al exilio para salvarle la vida, pues su permanencia en la URSS en los aciagos días de la construcción del socialismo y como hija de un contrarrevolucionario la hubiera condenado al mismo fin que su padre. Es curioso y revelador del carácter de Bábel, el que al igual que Gorki, nunca pudo vivir mucho tiempo fuera de su país: gracias a los contactos y a la presión ejercida por André Malraux sobre las autoridades soviéticas, Isaac obtuvo un visado para salir a un congreso de escritores e intelectuales socialistas en París cuando ya la KGB lo tenía en la lista de “enemigos del Estado”. Sin embargo, en vez de permanecer fuera de la URSS a salvo y continuar su obra literaria, decidió regresar a su amada tierra en donde encontró la suerte que ya conocemos.

La versión oficial soviética mantenida hasta antes del colapso de la cortina de hierro sostenía que Isaac Bábel había fallecido en un campo de concentración en Siberia el 17 de marzo de 1941. Hoy conocemos la verdad: fue ejecutado en la oscuridad. Se confirma que los represores de la inteligencia son los mayores cobardes, incapaces de asumir la responsabilidad de sus brutalidades. (¿Recuerda el lector el caso del militar argentino Alfredo Astiz, apodado “El ángel de la muerte”, quien en las mazmorras era inmisericorde con mujeres, niños y monjas... siempre que estuvieran debidamente maniatados? Pues este sujeto fue el primero en rendirse en las Malvinas sin soltar un solo disparo cuando se vio frente a un soldado inglés, y cuando la justicia lo alcanzó anduvo gimiendo en los rincones que sus “derechos humanos” ¡estaban siendo violentados!) El sadismo y la cobardía son componentes sine qua non del espíritu represor.

Obras Completas de Isaac Bábel reúne todos los textos publicados del escritor e incluye algunos que fueron recuperados del olvido, retraducidos todos nuevamente del ruso por Peter Constantine, lo cual da al volumen una extraordinaria coherencia estilística que sin duda es el homenaje debido a uno de los mayores autores rusos de todos los tiempos a setenta años de su asesinato.

Bábel fue una entre millones de víctimas del padrecito Stalin, el zafio y brutal georgiano quien con su alma gemela Lavrenti Beria se propuso edificar el edificio del socialismo mundial sobre cimientos de sangre, lágrimas, dolor y carne de cañón. Como todos los dictadores, vivió inficionado por un enfermizo terror a la inteligencia. El tiempo colocó al padre de los pueblos soviéticos al lado del cabo austriaco, quien también alcanzara el poder montado en la desesperanza de sus pueblos. Por ello se entendieron tan bien en un pacto secreto. Por ello no vacilaron en sacrificar a millones de compatriotas cuando ese pacto se vino abajo. Por ello hoy no distinguimos quién fue más sanguinario y no diferenciamos cuál persiguió con mayor ferocidad a los creadores y a los artistas, seres por definición aborrecibles para las dictaduras de cualquier signo. ¿Hay acaso alguna diferencia entre las quemas de libros en Berlín y las ejecuciones de escritores en la Liubyanka?

Es sorprendente y a fin de cuentas debemos agradecer en términos históricos –si se me permite el uso de esta expresión tan poco apropiada-, la patológica meticulosidad con que los represores del KGB guardaron el registro de sus brutalidades –igual que en su momento la Gestapo o los servicios de inteligencia chilenos, argentinos o mexicanos... como vemos con las revelaciones que afloraron de los recién abiertos archivos de nuestra propia guerra sucia.

En aras de la “seguridad del Estado” estos cuerpos comisionados para aplastar toda disidencia, real o imaginaria, la documentaron con fervor religioso... gracias a lo cual hoy podemos reconstruir parte de la historia de la represión.

La última fotografía de Bábel fue tomada por un comisario en la prisión de Lubyanka poco antes de que fuera fusilado. En el pequeño recuadro en blanco y negro que se recuperó de los archivos de los interrogatorios vemos un rostro mofletudo y sereno, podría decirse que desencantado. Ni el temor ni la derrota se insinúan en la mirada de ojos saltones. Al contrario, pudiese pensarse que la expresión es una de compasión por sus verdugos.

La paciente labor del poeta Vitali Chentalinsky nos permite hoy reconstruir las jornadas de interrogación entre los muros de la Lubyanka que padeció  Bábel. El escritor se declara culpable de los más absurdos crímenes: alejamiento de las masas populares, conspiración contra el socialismo, banalidad artística y ¡espionaje por cuenta de Francia!

Bábel además “delata” a sus supuestos co-conspiradores –y es obligado a incluir entre ellos a una mujer con la que sostenía una relación amorosa- en una extraordinaria redacción de su propia mano que hoy podemos leer en su verdadera intención como un documento destinado no a los fiscales, sino como denuncia para las generaciones posteriores:

“En lo que respecta a mis Cuentos de Odesa, éstos reflejaban sin duda el mismo deseo de alejarme de la realidad soviética, de contraponer a la cotidiana labor de edificación el pintoresco mundo, casi mítico, de los bandidos de Odesa, cuya descripción romántica incitaba involuntariamente a la juventud soviética a imitarlos [...] Nuestro amor por el pueblo era retórico y nuestro interés por su destino una categoría estética. No teníamos raíces en el seno del pueblo, y de ahí provenía la desesperación y el nihilismo que propagábamos.”

En las últimas horas antes de su ejecución Bábel intentó sin éxito cambiar sus declaraciones y desmentir las “denuncias” que había formulado bajo la inimaginable presión y tortura a la que fue sometido, pero no antes de haber escrito escalofriantes “delaciones”:

“[...] Abrí el frente de la literatura soviética a los estados de ánimo decadentes y derrotistas, turbando y desorientando así al lector, convirtiéndome en testimonio vivo de la teoría de la conspiración de saboteadores y provocadores en el declive de la literatura soviética. Unas cuantas frases no sirven para medir mi trabajo de destrucción, pero ahora percibo sus verdaderas dimensiones con una claridad insoportable, con dolor y arrepentimiento [...] La Revolución me abrió el camino de la creación, el del trabajo feliz y útil. Mi individualismo, las opiniones literarias erróneas, la influencia de los trotskistas bajo la cual caí desde el comienzo de mi trabajo, me desviaron de ese camino.”

Durante aquellos días y noches en las mazmorras de la Lubyanka los fiscales e interrogadores transmutaron los viajes de Bábel al extranjero en expediciones subversivas; las fiestas y eventos literarios a las que asistía en reuniones de conspiradores contra el paraíso de los trabajadores y la relación con artistas en conjuras contra el Estado. Así, Malraux pasó de ser escritor a promotor de la sedición.

La monstruosidad se acrecienta, si ello fuera posible, porque Bábel, igual que Gorki, fue un decidido partidario de los bolcheviques. Se unió a ellos desde 1917 y durante la guerra civil lo nombraron comisario político en el ejército rojo. De hecho su célebre Caballería Roja, publicado en 1926, recoge sus vivencias de guerra de aquella época. Los Cuentos de Odesa aparecieron al año siguiente, y en 1928 y 1935, las obras de teatro Zakat y Mariya respectivamente.

En una biografía de su padre publicada en 1964, Nathalie Bábel recuerda: “Fue en 1923, durante su estancia en las montañas, que mi padre comenzó a escribir los cuentos que eventualmente se incluyeron en Caballería Roja. El darles la forma deseada era para él una tortura permanente. A mi madre le leía versión tras versión, y ella las recordaba de memoria treinta años después. En 1924 mis padres se mudaron a Moscú. Los primeros cuentos de mi padre se publicaron por esa época y se hizo famoso de un día para otro.”

Isaac Bábel nació hace 116 años, el 13 de julio de 1894 en el puerto ucraniano de Odesa. Su padre fue un modesto tendero judío. Siendo muy niño la experiencia de vivir un pogromo lo marcó profundamente. Ya mayor se mudó a Kiev en donde eventualmente conoció y fue protegido por Máximo Gorki, quien publicó dos de sus cuentos en la revista Letopis, mas la censura consideró que contenían una carga erótica (¡el erotismo, otra bête noire de los represores y censores!) y Bábel fue procesado bajo el artículo 1001 del código criminal. Quizá por ello y por un creciente desencanto ante el giro que tomaban los ideales de la Revolución, Isaac se fue alejando del régimen y se convirtió en un crítico de Stalin. En represalia, el régimen se encargó de que no pudiera publicar, y en la primera asamblea de la Unión de Escritores Soviéticos en 1934, Bábel exclamó ante sus colegas: “He inventado un nuevo género: ¡el género del silencio!

Más de seis décadas después, el amor de una hija redime al padre. Obras completas de Isaac Bábel es un ejemplo más de que la luz de la palabra es lo único que puede vencer a las tinieblas de la represión.

         Miguel Angel Sánchez de Armas

               

              Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias Sociales de la UPAEP Puebla.

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19 oct 2010

JUEGO DE OJOS

“He tenido una vida maravillosa”

 

 

Miguel Ángel Sánchez de Armas

Es posible que Ludwig Josef Johann Wittgenstein haya sido el más influyente filósofo del siglo XX. Hay quien lo considera el mayor pensador después de Emmanuel Kant. Este hombre singular, que se me antoja un personaje de Buñuel, publicó en vida un solo libro... pero eso sí, el libro, el corpus definitorio, el crisol de las respuestas a todos los problemas de la filosofía. ¡Ni más ni menos!

 

ludwig

He aquí una personalidad arrebatadora en el cosmos del sophós poblado por espíritus superiores. Figura de culto, despreciaba lo público e incluso construyó una cabaña aislada en Noruega para vivir en total reclusión. Su sexualidad era ambigua y probablemente fue homosexual, aunque qué tan activo aún es materia de discusión. Fue un niño brillante y tartamudo, vástago de una de las familias más acaudaladas del Imperio Austro-Húngaro. Sus tres hermanos mayores, Hans, Kurt y Rudolf, se suicidaron. Inicialmente se inclinó por la ingeniería aeronáutica y las matemáticas lo llevaron a la filosofía. Fue el más brillante alumno de Bertrand Russell. Se enlistó como voluntario en la primera guerra mundial, peleó valerosamente en Rusia y en Italia y fue internado en un campo de concentración en Cassino.

Heredó una fortuna a la muerte de su padre y la regaló. Trabajó como ayudante de jardinero, maestro de primaria, autor de un diccionario para niños, portero de un hospital, escultor, técnico de laboratorio y arquitecto. Curioso curriculum vitae para un hombre que puso su impronta en la ciencia “que trata de la esencia, propiedades, causas y efectos de las cosas naturales”. Al repasar su vida, pienso que Ludwig no era de este mundo. Por lo menos no permitió que ninguna atadura social lastrara su inteligencia y sin miramientos se deshizo de prácticamente todas las convenciones para dedicar su tiempo a lo trascendente. Estoy seguro que su alta como voluntario en el ejército no fue originada en un sentido patriótico o patriotero, sino que tuvo una motivación originada en sus propias turbulencias espirituales, pues fueron precisamente los cuadernos que redactó en las trincheras –y que un enemigo generoso permitió fuesen enviados a su país antes de internarlo en un campo de concentración- la base de la única obra que publicó en vida, el Tractatus Logico-Philosophicus, en donde escribe que los problemas filosóficos surgen de equivocaciones de la lógica de la lengua e intenta demostrar lo que esa lógica es.

Dejemos que uno de los estudiosos de la filosofía de Wittgenstein, Carlos Salinas, nos dé su punto de vista:

“El pensamiento de Wittgenstein gira en torno al lenguaje. En su primera época consideraba que el lenguaje se asemeja a un mapa de la realidad. Luego, las proposiciones (lo que se afirma, o se niega sobre cualquier hecho), tienen sentido si describen lo que está fuera. Obviamente aquellas proposiciones que no hablan de hechos, que no representan hechos, carecen de significación (por ejemplo afirmaciones de tipo religioso o metafísico). De aquí una conclusión radical: de lo que no se puede hablar, mejor callar [...] Esta tarea de limpieza de la filosofía es tan extrema que, fuera del discurso científico, no queda nada en pie. El lenguaje corriente es defectuoso, tiene muchas proposiciones que no indican nada concreto. El complicado lenguaje corriente -afirma en el Tractatus- no puede captarse en su aspecto lógico. Es sumamente complicado y disfraza el pensamiento de la misma manera que el vestido oculta el cuerpo. En consecuencia hay que buscar el esqueleto lógico que refleja la estructura de los objetos representados. De esta manera, y poco a poco, se puede ir construyendo un lenguaje ideal apto para la ciencia y la filosofía. En esto el quehacer filosófico tiene una tarea y una restricción: no se trata de ‘decir’ lo que es, o cómo es la realidad, sino un aclarar los enredos provocados por la manera que tenemos de simbolizar las cosas (es decir: el lenguaje).

“Wittgenstein insiste, aunque irrite a más de un profesor de metafísica, que en la filosofía no hay nada oculto, todos los datos están en la mano. Preguntar ‘¿qué hora es?’ no ocasiona ningún problema, pero transformarlo en una inquisición sobre la naturaleza del tiempo nos confunde.”

Su preocupación con la perfección moral llevó a Wittgenstein en algún momento a confesar varios pecados, entre ellos uno asaz curioso: haber inducido que se subestimara su judaísmo. Creo que Ludwig fue atormentado durante su vida por el problema religioso. Nieto de judíos conversos al protestantismo e hijo de una católica, fue bautizado en esta fe y su funeral fue asimismo católico, pero entre un momento y otro no fue ni creyente ni practicante.

Hubo en la vida de este hombre, como telón de fondo o música de acompañamiento, una espesa angustia vital que hoy apreciamos en su permanente fascinación con todo lo religioso, al grado de que en una época pensó en tomar los hábitos, aunque tampoco podemos decir que se haya comprometido con alguna religión formal. Se oponía a las interpretaciones religiosas que enfatizan la doctrina o los argumentos filosóficos diseñados para probar la existencia de Dios, pero le atraían los rituales y símbolos religiosos. Equiparaba el ritual religioso a un gesto, como cuando se besa una fotografía: no se cree que la persona en la fotografía sentirá el beso o lo corresponderá, ni el beso es sucedáneo de un sentimiento o frase en particular, como “Te amo”. Como el beso, la actividad religiosa expresa una actitud.

Los Wittgenstein eran una numerosa y acaudalada familia. Karl Wittgenstein fue el más exitoso empresario siderúrgico del Imperio Austro-Húngaro y su casa atraía a personalidades de la cultura, en particular a músicos, entre ellos el compositor Johannes Brahms, quien era amigo de la familia.

Ludwig estudió en Berlín y en Manchester. Su interés en la ingeniería lo llevó a las matemáticas lo cual a su vez lo indujo a reflexionar sobre los problemas filosóficos de los fundamentos matemáticos. El filósofo y matemático Gottlob Frege le recomendó estudiar con Bertrand Russell en Cambridge, en donde impresionó tanto a Russell como a G. E. Moore.

En 1929 fue a Cambridge a enseñar en el Trinity College, y en 1939 fue nombrado ahí mismo profesor de filosofía. Después de la guerra volvió al magisterio universitario pero renunció a su cátedra en 1947 para concentrarse en su escritura, mucha de la cual llevó a cabo en Irlanda pues prefería lugares rurales y aislados para su trabajo. Para 1949 había escrito todo el material que sería publicado después de su muerte con el título de Investigaciones filosóficas. Pasó los dos últimos años de su vida en Viena, Oxford y Cambridge y siguió trabajando hasta su muerte en abril de 1951. El producto de esos dos años fue publicado bajo el título Sobre la certeza. Sus últimas palabras fueron: “Díganles que he tenido una vida maravillosa”.

El punto de vista de Wittgenstein sobre lo que la filosofía es o debiera ser cambió muy poco a lo largo de su vida. En el Tractatus sostiene que “la filosofía no es una de las ciencias naturales” y que ésta “tiene como meta la clarificación lógica de los pensamientos”. La filosofía no es descriptiva sino elucidatoria. Su meta es clarificar lo oscuro y confuso. Se sigue que los filósofos no deben preocuparse tanto con lo inmediato, sino con lo posible, o más bien, con lo concebible. Esto depende de nuestros conceptos y de cómo se ensamblan desde el punto de vista de la lengua. Lo que es concebible y lo que no, lo que tiene sentido y lo que no, depende de las reglas de la lengua, de la gramática.

Wittgenstein dijo que en filosofía el ganador es el que llega al último. Pero no podemos escapar a la lengua o a las confusiones a que da lugar, salvo mediante la muerte. En 1931 escribió: “La lengua pone a todos las mismas trampas; es un enorme mapa de vueltas equivocadas. Así que vemos a un hombre tras otro deambular por los mismos caminos y sabemos de antemano en dónde se desviará, en donde caminará en línea recta o sin prestar atención a las salidas laterales, etc., etc. Lo que debemos hacer entonces es colocar señales en todos los cruceros en donde hay vueltas equivocadas para ayudar a la gente a librar esos peligros.

“Pero tales señalamientos son todo lo que la filosofía puede ofrecer y no hay ninguna certeza de que serán vistos o atendidos correctamente. Y debemos recordar que una señalización tiene sentido en el contexto de una zona peculiar. Podría no servir de nada en otra parte, y no debiera ser considerada como un dogma. Así que la filosofía no ofrece verdades, ni teorías, ni nada excitante, sino principalmente recordatorios de lo que todos sabemos. Este no es un papel deslumbrante, sino difícil e importante. Requiere de una capacidad casi infinita para soportar dolores (lo cual es una definición de la genialidad) y podría tener enormes consecuencias para quienquiera que sea atraído a la contemplación filosófica o que haya sido engañado por malas teorías filosóficas. Esto atañe no sólo a los filósofos profesionales sino a cualquier persona que se desvíe a la confusión filosófica, tal vez sin darse cuenta de que sus problemas son filosóficos y no, digamos, científicos.”

Los positivistas lógicos del Círculo de Viena, esa escuela que tan grande influencia ha ejercido en el pensamiento occidental, se declararon impresionados por lo que encontraron en el Tractatus, particularmente la idea de que la lógica y las matemáticas son analíticas, el principio de la verificación, y la idea de que la filosofía es una actividad enfocada a la clarificación, no al descubrimiento de hechos. Wittgenstein dijo, sin embargo, que es lo que no está en el Tractatus lo que más importa.

Recojo una anécdota que nos dejó Bertrand Russell, de cuando conoció a Wittgenstein: “Al final de su primer período de estudio en Cambridge, se me acercó y me dijo: ‘¿Sería usted tan amable de decirme si soy un completo idiota o no?’ Yo le repliqué: ‘Mi querido compañero, no lo sé. ¿Por qué me lo pregunta?’

“Él me dijo: ‘Porque si soy un completo idiota me haré ingeniero aeronáutico; pero, si no lo soy, me haré filósofo’. Le dije que me escribiera algo durante las vacaciones sobre algún tema filosófico y que entonces le diría si era un completo idiota o no.

“Al comienzo del siguiente período lectivo me trajo el cumplimiento de esta sugerencia. Después de leer sólo una frase, le dije: ‘No. Usted no debe hacerse ingeniero aeronáutico’.”

Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias Sociales de la UPAEP Puebla.

20/10/10

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14 oct 2010

JUEGO DE OJOS

Cultura y comunicación organizacional

Hoy amanecí de vena académica. Así, pues, asestaré a mis diez lectores (100% más de los que calcula tener mi admirado Catón), una cátedra como las que semanalmente resisten mis inermes alumnos.

La palabra comunicación proviene del latín communis que significa común. También en castellano el radical común es compartido por los términos comunicación y comunidad. Ello indica a nivel etimológico la estrecha relación entre comunicarse y estar en comunidad. En pocas palabras, se está en comunidad porque se pone algo en común a través de la comunicación.

Para que haya comunicación es necesario un sistema compartido de símbolos referentes, lo cual implica un intercambio de símbolos comunes entre las personas que intervienen en el proceso comunicativo. Quienes se comunican deben tener un grado mínimo de experiencia común y de significados compartidos.

Existe una corriente relativamente nueva que echa mano de diversas disciplinas tanto de las ciencias sociales como biológicas para demostrar la existencia de una cultura organizacional que norma y conduce la vida de las empresas de forma muy semejante a como se da en las culturas sociales. Es pertinente utilizar un enfoque multidisciplinario para el estudio de las organizaciones empresariales, que como conjuntos humanos son sujetos de estudio de la sociología, la historiografía, la antropología e incluso la paleontología, quizá anteponiendo el prefijo micro a cada especialidad.

En este sentido, quizá no sea un despropósito hablar de una “antropología de la organización empresarial”. Ya en el pasado se han utilizado las herramientas de análisis de esta disciplina para entender las relaciones y jerarquías que se dan al interior de grupos y organismos. No parece incorrecto proponer como parte de la cultura organizacional, una historia, una forma de hacer las cosas y una visión del futuro. Hay autores que hablan de una mitología, de una heráldica e incluso de leyendas, gestas y tradiciones, cuyo estudio y conocimiento son esenciales para entender las razones del crecimiento o desaparición de las organizaciones empresariales, muy a la manera en que mediante el paciente y aplicado escrutinio del Beowulf, los viejos lingüistas de Cambridge pudieron encontrar la génesis de algunas estructuras sociales inglesas.

En una definición formal, cultura es el conjunto de rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos, que caracterizan a una sociedad o grupo social en un periodo determinado; la expresión engloba además modos de vida, ceremonias, arte, invenciones, tecnología, sistemas de valores, derechos fundamentales del ser humano, tradiciones y creencias. A través de la cultura se expresa el hombre, toma conciencia de sí mismo, cuestiona sus realizaciones, busca nuevos significados y crea obras que le trascienden.

En este sentido amplio se entiende que el conjunto de fundamentos teóricos y la batería de herramientas para el análisis de los sistemas internos de una organización empresarial y las relaciones entre los seres humanos en su interior, deben estar sustentados precisamente en un concepto de cultura. Los mecanismos de conocimiento de la cultura organizacional no son menos complejos que los requeridos para el estudio de lo que llamamos cultura social.

También parece un acierto incursionar en lo historiográfico y mitológico, que si bien son terrenos resbaladizos, ofrecen herramientas para entender la cultura de las organizaciones y evitar, como quería Santayana, caer en errores del pasado, afianzar el presente y dar certeza al futuro.

Una vez establecido que la organización empresarial es una cultura, las herramientas para su estudio pueden ser tan variadas como las empleadas en el estudio de la cultural social. Veamos, a manera de ejemplo, dos aproximaciones: la elitista o autoritaria, y la igualitaria o democrática, para entrar en el análisis de la relación entre comunicación organizacional y cultura organizacional.

La propuesta aristotélica que conocemos como autocrática es una filosofía que propone que la conducción social debe estar en manos de los mejores individuos, los más capaces, en tanto que la filosofía platónica o democrática, sin ser necesariamente el opuesto de la anterior, pone en duda la pertinencia de colocar la conducción social en unas pocas manos y favorece una participación de base más amplia e igualitaria.

Los alcances de estas doctrinas pueden ejemplificarse con dos extremos: un grupo militar y un partido político. En el primero, los integrantes operan en base a una estructura rígida y autocrática, orientada a la consecución de fines muy poco o nada variables, mientras que en el segundo hay una gran dosis de comunicación e interacción de los individuos que ejerce influencia sobre la estructura, estrategias y metas de la organización.

Entre estos polos se mueven la mayoría de las organizaciones. No hay casos puros. En un mismo grupo o empresa se pueden dar distintos niveles de comunicación autoritaria e igualitaria.

Estas propuestas nos permiten analizar los flujos de comunicación y son base para acciones de diseño comunicacional y organizacional que respondan de manera adecuada a las necesidades particulares de una organización.

La relación entre comunicación y cultura organizacional es fundamental. Por ejemplo, la administración científica y burocrática pone énfasis en flujos de comunicación unidireccionales empatados a la especialización de tareas. La administración participativa promueve flujos de comunicación bidireccionales y el intercambio de roles de trabajo. Poner el acento en metas de producción resulta en una comunicación más orientada al trabajo, en tanto que el énfasis en las necesidades individuales da como resultado flujos comunicacionales ricos en contenidos personales.

Que hoy vivimos en una sociedad globalizada es un aserto que nadie cuestiona, aunque determinar cuándo exactamente comenzó esta globalidad puede provocar animados debates. No es fácil encasillar periodos. En la historiografía se fijan arbitrariamente puntos de comienzo para delimitar objetos de estudio. Quizá lo global comenzó en 1844, con la transmisión del primer telegrama público, o cuando Alexander Graham Bell presentó el teléfono en 1876 durante la Exposición del Centenario en Filadelfia -y los asistentes se preguntaban qué utilidad podría tener hablar con otros a grandes distancias si la comunicación escrita era confiable y cómoda. Alguien más podría sostener que fue el 17 de diciembre de 1903, cuando el avión de los hermanos Wright se mantuvo en el aire durante 12 segundos sin que nadie, ni aún los más audaces, pudiese anticipar lo que ese invento significaría para la globalidad. Hay quien propone que la globalización comenzó con la puesta en órbita del Sputnik en 1957, o con la transmisión en vivo de las Olimpíadas de Tokio en 1964, o con el Mundial de Inglaterra en 1966 e incluso con las transmisiones en tiempo real de la Guerra del Golfo.

Algunos científicos sociales ubican la fecha a mediados de la década de los sesenta cuando se desarrolló la red “Arpanet”, madre tecnológica de la Internet, desarrollada por la Advanced Research Projects Agency (División de Proyectos Avanzados de Investigación, arpa por sus siglas en inglés) del Departamento de Defensa de Estados Unidos, para mantener las comunicaciones en caso de un ataque nuclear.

Otra corriente liga el surgimiento de lo global al desarrollo de las computadoras y sostiene, con lógica, que la conectividad, instrumento de la Internet y por ende de la globalidad, no pudo haberse dado en ausencia de aquellos aparatos de relativamente reciente aparición: Robinson, la primera, entró en operación en 1940 en la Gran Bretaña.

Se tiene el registro de que en 1983, ya con Internet en operación, el número de computadoras personales en Estados Unidos era de seis millones, un crecimiento de mil veces en 23 años. Esta cifra la presentan algunos como soporte medible para fijar el nacimiento de la globalización a mediados de los sesenta. El hecho es que Internet hoy enlaza a millones de personas y a cientos de miles de organizaciones en los cuatro continentes. La transformación del Arpanet en Internet fue, además de sus implicaciones científicas, un cambio cultural que algunos han equiparado al que provocó en su momento la imprenta de Gutenberg. Quizá nunca antes un sistema tecnológico había sido una palanca de cambio tan decisiva como fue la Internet, que obligó a redefinir, entre otros conceptos, los de distancia, fronteras nacionales y... organizaciones empresariales.

Esta globalidad de los mercados derivada de la conectividad que nos dieron las nuevas tecnologías de comunicación e información (tic) provocó a fines de los setenta y durante los ochenta una avalancha de empresas llamadas dot.com, descarga de energía semejante al “gold rush” que llevó oleadas de aventureros al viejo oeste norteamericano con la certeza de que sacarían el oro a cucharadas de cualquier arroyo.

Y como en el viejo oeste, muchos fueron los perdedores y unos pocos los afortunados. El hecho desató una escuela de investigación y surgieron voces sabias que convocaron a la reflexión y que alertaron contra los mitos del nuevo mercado global.

No sólo las empresas se han visto atrapadas en la globalidad. Las naciones también. Destaca el ejemplo de China, que en menos de 50 años transitó de la convulsión de una revolución marxista, a ser una de las economías de mayor crecimiento en el mundo, crecimiento aparejado con el de usuarios de Internet, que pasaron de 620 mil registrados en 1997 a cerca de 120 millones a fines del 2005.

La comunicación organizacional, pues, es estratégica para la organización empresarial, sea chica, mediana, grande o global, y una herramienta insustituible para fijar la cultura de la organización.

Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias Sociales de la UPAEP Puebla.

13/10/10

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6 oct 2010

JUEGO DE OJOS

Juego de ojos

Miguel Ángel Sánchez de Armas

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De La onda y El juvenilismo

A los doce años ya había leído a Sartre, Hesse y Camus, los cuentos de Maupassant, y Ana Karenina de Tolstoi. Se presentó a los exámenes de sexto año con las mejillas aún vírgenes de rastrillo, pero con El muro bajo el brazo. Y siguió leyendo y escribiendo, se diría que compulsivamente, porque a los 20 publicó su primera novela: La tumba; y a los 22 su segunda: De perfil, interesante libro de 355 páginas que Emmanuel Carballo juzgó inaugural de una nueva etapa en la literatura mexicana (“Si he de ser ingenuamente sincero, tendré que decir que De perfil es la novela mexicana más importante que he leído desde que en 1958 aparece La región más transparente de Carlos Fuentes”) y dio pie a una invitación para escribir su autobiografía en la colección “Nuevos escritores mexicanos del Siglo XX presentados por sí mismos”, la que resulta una breve novela de jóvenes llena de irreverencias y situaciones hilarantes arropadas en una narración fresca y regocijante.

Sí, hablo de José Agustín (1944), ese joven veterano que no ha dejado de leer y escribir durante las casi cinco décadas transcurridas desde que apareció su primer libro. Su precocidad es verdaderamente insólita, porque además de lo publicado ha escrito textos que no salieron a la luz pública, quizá por un exceso de autocrítica.

En la década de los sesenta José Agustín y Gustavo Sáinz encabezaron el llamado “movimiento de la onda”, identificado con la narrativa juvenil mexicana. Quizá las definiciones de esta corriente fueron poco justas con la creatividad de los escritores incluidos en ella, pero útiles para impulsarlos como un grupo con nuevas propuestas en un ambiente literario muy productivo y fértil que quizá de otro modo los hubiese dejado a un lado, o por lo menos hubiese pospuesto su reconocimiento.

Es probable que los escritores también llamados del juvenilismo hayan acarreado a la literatura mexicana una cantidad respetable de jóvenes como ellos, que se veían reflejados en las historias de sus novelas, narradas además con una dosis de humor suficiente para atrapar a cualquier lector.

Dice John Brushwood sobre La tumba que su narrador “es un escritor joven, lleno de aspiraciones, con automóvil y dinero, además de una cierta facilidad para decir agudezas. Es tragicómico, atractivo, devastador, pero carece de odio. No se nos muestra más tolerante de las chifladuras de su propia generación que de las suyas en particular. Hasta se ríe de sí mismo”. Esto, además de ser así, me parece hoy en día uno de los mayores aciertos de la obra de José Agustín: el humor, siempre agradecible, hace distinta su literatura.

José  Agustín es un escritor agudo que se ha preocupado por la técnica narrativa, pero no al extremo de entregarse a ella. Esta es, quizá, la razón por la que el humor que maneja en sus narraciones es mucho más fresco. Es decir, está tan bien trabajado ¡que no se nota que está bien trabajado! José Agustín, seguramente por un peculiar rasgo de carácter, ha conservado el manejo del humor en prácticamente todos los géneros en los que ha incursionado. Muchos de los pasajes de sus novelas son verdaderamente desternillantes. El gusto por los juegos de palabras, que siempre me ha parecido uno de los rasgos nacionales más apreciables, la invención de vocablos y las situaciones hilarantes o la forma de narrarlas, está lo mismo en sus novelas que en sus obras de teatro en incluso en sus crónicas.

Ciudades desiertas es una novela por la que tengo un aprecio particular. Su mirada irónica de la sociedad estadounidense y una crítica implacable -incluso de aquello que deseamos y nunca lograremos ser-, la convierte en burla de muchas manifestaciones idiosincráticas tanto de gringos como de mexicanos. Eligio, el protagonista, no tiene inconveniente en tomar lo que le gusta de la sociedad gabacha e incluso alabarla, pero al mismo tiempo puede ser lapidario con esos personajes lastimosamente progresistas y trabajadores.

La producción narrativa de José Agustín me parece una misma obra que toma muchas y variadas direcciones. Incluso La tumba, que no tiene la connotación de obra menor por ser la primera sino que es la inauguración de un estilo que va creciendo y perfeccionándose. De perfil y Se está haciendo tarde son fieles al estilo inaugural pero con una preocupación más notable por la técnica. Por cierto en su autobiografía –necesariamente breve porque contaba apenas 22 años-, José Agustín revela que tomaba rigurosísimas clases de sintaxis. La tumba, De perfil e incluso la autobiografía, reflejan el resultado que esta disciplina y preparación ejerce en la narrativa. Nuevos temas, nuevas propuestas que se entregan más fácilmente con una técnica propia y con un manejo limpio y fluido del lenguaje. José Agustín utiliza con maestría su excelente manejo del español. No es un escritor afectado por el afán de ser cuidadoso. Al contrario, el conocimiento de su idioma le permite volcarse con frescura en los temas de su interés con las herramientas elegidas. Dice Reinhard Teichmann que “lo que llama la atención en particular es el estilo narrativo que desarrolla José Agustín (en La tumba y De perfil): mezcla la prosa descriptiva y el diálogo coloquial de tal manera que se produce una continuidad narrativa sin interrupción”. De hecho, es la técnica que sigue perfeccionando José Agustín en sus novelas posteriores.

Con un estilo peculiar y que parece no agotarse, en Se está haciendo tarde (final en laguna) crea atmósferas que permiten sondear el tedio y la experimentación de conductas en una sociedad decadente, en una cierta clase social. En El rey se acerca a su templo muestra una faceta de las relaciones matrimoniales en la que no enjuicia los modelos tradicionales sino que los contrasta con una nueva modalidad: el matrimonio entre jóvenes enfrentados a situaciones que les impone la vida moderna. Ciudades desiertas, de la que ya hablé, es interpretada por muchos como una denuncia de la sociedad de consumo estadounidense y de su impacto perjudicial en la escala de valores humanos. Sin embargo, me parece que esta novela ofrece algo mucho más valioso: la confrontación de culturas, el subdesarrollo -con el que no es complaciente- frente al primer mundo, la reivindicación de una sociedad frente a otra que progresa, la ingenuidad de la sociedad latina frente al poderío de la que aparentemente no tiene valores. Esa novela, que apareció en 1986, tiene una enorme vigencia para quienes se interesan en la historia sin fin que es nuestra relación con Estados Unidos.

Quizá  Brushwood tiene razón al señalar que José Agustín abandona el movimiento de la onda después de Inventando que sueño. Su análisis de la sociedad mexicana es mucho más presente y agudo, los temas se diversifican y están presentes no sólo los jóvenes. La mirada en el centro y No hay censura son libros de relatos que muestran a un escritor más involucrado con su entorno social, pero siempre con mucho humor. Por ejemplo, José Agustín consigna con su peculiar estilo el terremoto de 1985 en la Ciudad de México, en el relato “En la madre, está temblando” que se incluye en No hay censura.

Este escritor desenfadado, imaginativo y observador implacable puede hacer literatura a partir de elementos sorprendentes. Paseo en taxi, cuento publicado en un pequeño cuadernillo, tiene como pretexto la discusión entre un pasajero y un taxista, porque el segundo se niega a bajar las maletas del primero. La situación evoluciona hasta lo absurdo, pero es muy reveladora de la condición humana en su aspiración por alcanzar posiciones de poder. Amor del bueno es una obra de teatro que también aborda situaciones extremas a partir de una situación simple: una discusión entre los asistentes a una boda, que desemboca en un conflicto entre los contrayentes. Estas dos narraciones están llenas de imaginación, de recursos y de humor. José Agustín ha contado que se le ocurrió trabajar Amor del bueno a partir de una nota periodística que daba cuenta de una boda que terminó en una delegación de policía. Resulta siempre atractivo conocer el trabajo de armazón interno de los textos literarios que leemos, porque nos descubren el trabajo, el verdadero trabajo, del escritor.

He dejado para el final, porque desde mi punto de vista merece una mención especial, la obra en tres tomos titulada Tragicomedia mexicana, un repaso de la vida en México de 1940 a 1994.  Este trabajo conjuga una visión periodística, sociológica y cultural de la vida social y política del México moderno. Crónica hábil e inteligente que demuestra un gran manejo del oficio periodístico, es resultado de la lectura de libros, diarios, revistas, numerosas entrevistas y un cuidadoso trabajo de sistematización de información, diestramente presentados para dar como resultado una crónica de fácil y atractiva lectura que encierra gran cantidad de lecciones de historia sobre la vida reciente de nuestro país.

Tragicomedia mexicana es una especie de obra que parece impensable para un escritor de ficción, porque tiene altos requerimientos de disciplina y organización. Su lectura, sin embargo, es una delicia. Estoy seguro de que todo aquel que se ha enfrentado a la historia como requisito académico quisiera haber tenido a la mano textos como el de José Agustín. Entre 1990 y 1998 aparecieron estos tres tomos que condensan buena parte de la vida política, social y cultural de México, con un estilo que admite la inclusión de una gran cantidad de anécdotas pertinentemente elegidas para convertirse en el hilo conductor de la narración. Esta elección forma parte del estilo de José Agustín, quien a pesar de narrar episodios que conjugan, como señala su título, lo trágico y lo cómico de la vida mexicana, no abandona el humor.

              Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias Sociales de la UPAEP Puebla.

              6/10/10

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11 ago 2010

“PIONEROS EN LA ARQUEOLOGÍA DE LA HUAXTECA” DE LORENZO OCHOA SALAS

    POR HECTOR MENDEZ DIAZ.
En sus platicas de Lorenzo Ochoa Salas ,Antropólogo de la Ciudad de México y nacido en este Puerto, nos relataba de la historia en la Arqueología de la Huaxteca y señalaba entre otras cosas que "En  el año 1836 ,cuando, en el Journal of the Royal Geographic Society , RE Beche dio a conocer algunas piezas prehispánicas en la que incluyo esculturas de la huaxteca .Son las noticias mas remotas acerca de la antiguedad de la Huaxteca que él mismo desconocía."
En los comentarios de los amigos que nos reuníamos con Lorenzo Ochoa Salas nos iluminaba con sus relatos y nos acercaba a conocer la huaxteca y agregaba en sus declaraciones " 30 años mas tarde , en 1866, Alejandro Prieto -1841-1921-llevo a cabo una incursión por el Sur de Tamaulipas y recupero algunas piezas huastecas y detecto ocupaciones en la Sierra de la Palma, las riveras de la Laguna de Champayan y del Rio Tamesí, datos que dio a conocer en 1873 en su libro "Historia Geográfica y Estadística del Estado de Tamaulipas".  En estas pláticas ,Lorenzo Ochoa Salas nos intereso en saber que " Antonio Garcia Cubas -1832-1912- presento el "libro de Mis Recuerdos " en 1904 aparte de una serie de esculturas, la descripción y el primer plano de un sitio huaxteco en" La Mesa de Coroneles" visitado en 1865. En la misma Mesa de Metlaltoyuca ,sitio fortificado , de ocupación mexica,evidente como de Castillo de Teayo que se levanta en una cota mas bajo al Sureste y cuyas escrituras dio a conocer Eduardo Seler -1849-1922-en 1904 como "Die Alkterhumer   Von Castillo de Teayo".
En aquel tiempo, Lorenzo Ochoa Salas nos relataba,sentados en la banca de su despacho particular en su domicilio de Independencia 135 frente al Edificio Club de Yates al otro lado del Rio Tuxpan,que " a la llegada de los españoles los huaxtecos se extendían por el sur este con San Luis Potosí, el Norte con Puebla, el oriente con Hidalgo, y el Sur con Tamaulipas y el Norte con Veracruz.  Era un gran territorio que comprende un amplio abanico ambiental ,desde las costas y llanuras costeras a las sierras , climas que van del tropical lluvioso a la de carácter semidesértico,con temperaturas que oscilan entre los 18 y 40 grados. Un territorio de abundantes pantanos, lagunas,ríos y arroyos que jugaron un papel primordial en las manifestaciones culturales y en la economía, tanto en la explotación de  los manglares  ,como en la diversidad dela fauna y la flora de los ríos y lagunas. Tierra adentro , en la agricultura tuvo enorme importancia el cultivo de maiz y algodón ,.asi como la recolección y la caza."
Estos son algunos rasgos que recordamos de nuestro amigo Lorenzo Ochoa Salas, platicando con nosotros en su hogar,nos trasladaba a la historia antigua de la Huaxteca que sin especificar fechas escuchábamos con mucha atención sus narraciones que siempre recordaremos...

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10 ago 2010

COLUMNA DEL GOLFO

Hola de nuevo.
Yo intento ser un buen ciudadano, educado y limpio y por eso camine todo el centro con un vaso deshechable vacio en mi mano, ya que no encontre en ningun lado un bote para dpositarlo, camine tanto tiempo con el que cuando al fin encontre donde tirarlo ya me habi'a encariñado con el y casi me lo llevo a casa. Deberian hacer mapas en las esquinas indicando donde hay un bote para basura, no?, de veras porque' no hay botes para basura en esta ciudad? se portaron mal y se los quitaro'n?en donde tiran los ciudadanos las envolturas de sus compras callejeras? hay que cuidar la imagen o no?.
la semana pasada hablabamos del futuro turistico, muy cercano por cierto de Tuxpan, por las maravillas que lo rodean como: la Playa, el Rio,Tamiahua, el Estero de Tumilco,Isla de Lobos,Barra de Galindo y otras mas, su comida como:
los Bocoles, el Zacahuil, las enchiladas de chile seco, etc.ahora, imaginese en cualquiera de estos lugares, comiendo algunas de estas delicias en un restaurant limpio.......con gente amable , solicita, sonriente,atendiendolo, maravilloso ,no?usted ,como turista siempre que puede regresa a los lugares donde fue bien tratado, yo creo que si, bueno, pues hay que aprender a tratar a la gente y veremos con agrado que la gente regresara, y ademas nos recomendara, yo creo que para lograr esto mucho nos ayudaria que nos dieran unos cursos de hospitalidad(CANIRAC, TURISMO)donde nos impartieran cursos sobre como recibir y atender a la gente, eso nos iria preparando para recibir este desarrollo turistico que se aproxima
bye su amigo El Golfo de Mexico

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